Año 1994
Florencia...
Llovizna, hace frío, el vidrio se empaña, y con el vidrio, se me empaña también la vida. Es invierno. Aunque todos los inviernos en nuestro territorio son fríos, difíciles, oscuros. Sin embargo hay inviernos más destemplados, crueles y duros que otros. Éste es un invierno de aquellos, de los que harán fisuras en la memoria, en el corazón, en el alma... un invierno que me estremecerá el cuerpo y me hará hoja volátil, disponible al rumbo del viento...
No sé por qué me parece que éste va a ser un invierno eterno...
"Señora, la nena TIENE DIABETES, está en COMA, ¡¡¡COMA!!! C-O-M-A, acaso no lo entiende?" No, doctor, no lo entiendo, ni le entiendo a usted. ¿Cómo me dice esto a mí? ¿Cómo que mi hija tiene diabetes? Diabetes (¿?) ¿Qué le pasa a usted Doctor?... discúlpeme pero USTED NO SABE NADA! ¡¡¡ESTA EQUIVOCADO!!!...." Dejo de ser inteligible con mis palabras. Balbuceo. Me pierdo en la impotencia de mi seudo-omnipotencia mal herida. Un puñal ha atravesado mi pecho. Pero el médico está DICIENDO DISPARATES! Si la diabetes es el azúcar en la sangre que le da sólo a los viejitos y Flor tiene apenas 5 años!!! Exijo una ínter consulta... "No hay tiempo ahora, después, Señora, si usted lo desea"... Qué raro ese fluir de la (poca) conciencia en ese momento! NO PUEDE SER!!! MI HIJA... MI HIJA NO!!! NOOOOOOOOO!!! Grito con desesperación, me ahogo en mi propia verborrea de ideas inconexas y por fin, POR FIN -a Dios gracias- me hago llanto manifiesto, mar de lamentos, se licuan mis angustias en lágrimas y empiezo a vaciar mi alma...
Nos cruzan la calle. Hay unos médicos jovencísimos esperándonos en el internado que está en la vereda de enfrente. "No perdamos tiempo, Señora" -exhorta el Doctor... Una enfermera se dispone a darle una inyección a mi hija. NOOOOOOOOOOO!!!!! Si estamos aún en el palier del Instituto de Neonatología y Pediatría.... "¿Qué le pasa a mi nenita?"... INSULINA NOOOOOOOOO!!!!! "¿Quieren que los denuncie por mala praxis?"... Mi hija internada en una sala VIP de cuidados intermedios. (Como si la diabetes entendiera de rótulos sociales.) Suero. Pinchazos en esos deditos chiquitos con agujas que veo interminablemente largas. Jeringas con "insulina" cada cuatro horas. "Insulina", qué palabra que me disgusta, me molesta. Diabetes Mellitus. Enfermedad con nombre y apellido. LA ODIO. Odio la palabra. Odio la enfermedad. MI HIJA NOOOOOOOOOO!!!!
Insisto, Florencia, que este va a ser un invierno interminablemente húmedo, pero no por el relente externo, sino por el que brota de mis entrañas dañadas, profundamente lastimadas, que se derraman en mis dolorosas y sentidas lágrimas.
Soy un ente, Flor. Ha cambiado tu vida para siempre... ¿y mis proyectos para vos? ¿Y tu futuro? ¿Y tus propios proyectos que aún no puedes elaborar? "¡QUE HORROR!" "¡Dios mío! Te suplico me des a mí la diabetes. Libera a mi hijita de esto. Por favor, te lo suplico, te lo suplico, te lo suplico. ¡Escuchame!" ... "Dios mío ¿Estás ahí? ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?, mil veces más... ¿por qué?... Lo poco que puedo dormitar hace que me despierte con el pecho nublado, comprimido o roto. Todo junto... Me asalta una esperanza mal alimentada, con expectativas generadas por abuelos desconsolados y tíos insatisfechos con el diagnóstico: La curación! Está por salir. Y va a salir. Se va a curar! MI HIJA SE VA A CURAR!!!... Entre las lágrimas una mueca obtusa que parece sonrisa se dibuja en mi cara envejecida por el término de días... ¡Qué largo va a ser este invierno! Es para siempre, Flor.
(Carta de una madre a su hija, cuando diagnosticaron diabetes mellitus tipo I)
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